Día de playa
Si algo tiene de bueno vivir a orillas del mar es que puedes disfrutar de la playa todo el año, y si el clima acompaña, ese disfrute, en forma de baños de sol, es si cabe mucho más satisfactorio.
La temporada turística tardaría aún en llegar, y por lo tanto aquellos días de sol que nos estaba regalando la primavera, con temperaturas por encima de lo habitual, nos animaba a acercarnos cuando disponíamos de tiempo libre y pasar unas horas tomando baños de sol. Poca gente y todos habituales del lugar daban a la playa un aire casi paradisíaco al cual nunca supimos resistirnos.
Por aquellos días estaba pasando unas cortas vacaciones en casa una amiga común. Había dejado el trabajo, y antes de incorporarse al nuevo, decidió regalarse unos días de tranquilidad, de relax. Como no sabía dónde ir, le ofrecimos nuestra casa, y ella acabó aceptando encantada.
Llegó el fin de semana. El sábado nos regaló una mañana espléndida, limpio el cielo de nubes y un sol que anunciaba un día agradable para poder disfrutar al aire libre, así que le propusimos a Lucía darnos un paseo hasta la playa, llevarnos la comida y pasarlo por allí.
Una vez preparados tomamos el camino hacia la playa. Hubiéramos llegado antes en coche, pero nos apetecía andar y disfrutar así plenamente del maravilloso día que se nos regalaba.
Al llegar al paseo marítimo animamos el paso, aquí podíamos avanzar más deprisa, que tiempo habría en la zona de caminos más escarpados para ir más despacio y disfrutar de la vistas, la naturaleza, la brisa marina. Conforme pasaba el tiempo más nos íbamos animando. El ritmo, el calor, la charla ayudaban a que el ambiente fuera muy agradable y distendido.
El buen ritmo de la caminata y el sol hicieron que pronto sintiéramos calor. Isabel, que en la zona de camino más angosto abría la marcha, se quitó el jersey, quedando en camiseta de tirantes, ajustada, que mostraba que no llevaba sujetador, dejando los hombros al aire y no dejando ningún tipo de resquicio a la imaginación sobre la forma y volumen de sus senos, que tan loco me tenían. Detrás de Isabel caminaba Lucía y cerraba el grupo yo.
Tras un buen trecho caminando entre pinos y bordeando el acantilado apareció la playa ante nuestros ojos. Nos detuvimos a contemplarla. En nuestros rostros se dibujaron sendas sonrisas, ya estábamos cerca, el paseo merecía la pena. Dos o tres parejas tomaban ya el sol en la playa. Un soplo de brisa fresca vino a despertarnos de nuestro ensimismamiento. Miré a Isabel que me sonreía. Mis ojos bajaron a sus senos, sus pezones se marcaban duros en la camiseta.
Iniciamos el descenso a la playa. Al llegar a la arena me descalcé. Pasamos juntos a las parejas que ocupaban la playa, les saludamos, puesto que eran de los habituales y los conocíamos de vista. Decidimos buscar un abrigo junto a las rocas, para aprovechar toda la fuerza del sol y estar protegidos de las ráfagas de aire, que aunque no molestas, no dejaban de hacerse sentir frías aún.
Extendimos las esterillas y nos sentamos a mirar al mar. Para nosotros es como un ritual ya. Poco a poco fuimos sintiendo el calor sobre la piel. Esto animó a Isabel a quitarse el pantalón. Poco después se quitó la camiseta. Miré de reojo a Lucía. La verdad es que no le habíamos comentado nunca nada, ni al proponerle ir a la playa se nos había ocurrido pensar cómo se sentiría, si le parecería bien, si estaría cómoda. Pronto respondió a mis dudas. Con calma, aparente tranquilidad y naturalidad se sacó también el pantalón y la camiseta. No pude por menos que observarle. Me parecía una mujer atractiva, para qué negarlo. Y me alegré de que la situación no le hiciera sentirse incómoda y que tampoco tuviera palabras de reproche hacia nosotros. Absorto en mis pensamientos no había caído en la cuenta de que el único que seguía vestido era yo, y que empezaba a sentir un calor excesivo, por lo que rápidamente me deshice de toda mi ropa, quedándome completamente desnudo. Una vez más, una inenarrable sensación de bienestar, de placer me invadió, activando todas mis terminaciones nerviosas, de pies a cabeza.
La piel de Lucía se veía blanca, con muchas pecas, lo que me recordó que no era cuestión de someter a la piel a riesgos innecesarios, por lo que saqué la crema protectora. Al verme, Isabel terminó por desnudarse. Le alargué la crema. “¿Hoy no me ayudas tú?, me dijo guiñándome un ojo y poniendo un mohín pícaro que no paso inadvertido a Lucía. “Faltaría más”. Así que me apliqué en la tarea. Empecé por la espalda, baje a su culo, aprovechando para acariciarle con nada contenida maldad, acercándome y tocando su sexo desde detrás. Ella lo esperaba, pero no pudo contener el gesto de placer cuando alcancé su húmeda vulva. A estas alturas ya me había olvidado e nuestra amiga, y seguía concentrado en el masaje que le estaba dedicando a Isabel. Ella se dio la vuelta para que siguiera por delante, ofreciéndome sus senos para que les aplicara la crema y de paso un estimulante masaje. Cuando terminé, Isabel me recordó que Lucía debería protegerse también. Le alargué el bote de crema, supuse que no se sentiría nada cómoda si yo le echaba una mano y que sería mejor que Isabel le ayudara. Frente a frente, Isabel comenzó por aplicarle crema en la cara, pasó después al pecho y entonces me dijo: “Anda, no seas pasmarote y ayúdame”. Me quedé de piedra… Miré a lucía esperando que dijera que no hacía falta… “Venga, no tenemos toda la mañana”. Tardé unos segundos en reaccionar, sus risas hicieron que alargara la mano y cogiera el bote, me coloqué a su espalda. Comencé a extenderle la crema, con timidez, como si temiera tocarle. Temía el momento de bajar a sus nalgas. Y en estos pensamientos no ayudó el hecho que, casual o intencionadamente, su culo tocara mi pene. La reacción fue inmediata. Una repentina erección me sobrevino. Advertidas de esta situación, ellas empezaron a reírse a grandes carcajadas. No era la primera vez que me ocurría algo así, pero las circunstancias eran muy diferentes. Isabel acertó a decir: “Vaya Lucía, parece que tienes otro admirador”. Creo que Isabel sintió un poco de lástima por mi, pues vino en mi auxilio, me besó y me cogió el bote, “deja, ya termino yo, vete a ver cómo está el agua”. Decidí que era la mejor que podía hacer, remojarme, bajar el calentón y tranquilizarme, no darle más importancia al asunto y seguir disfrutando del día de playa. Así que, sin reparar en que el agua podría estar terriblemente fría me fui hacia la orilla, dejándolas solas con al sonrisa aún en la cara.
Aproveché para dar un paseo a lo largo de la playa. Alguna persona más había ido llegando, pero aún así aquel día éramos muy pocos y se respiraba paz, tranquilidad, silencio.
Cuando volví junto a ellas dormitaban boca abajo. Isabel ya lucía un moreno intenso, homogéneo. Mientras tanto Lucía empezaba a presentar zonas rojizas. Sabía que no podía dejar que se quemara, pero a la vez me daba cierto reparo despertarle y molestarla. Finalmente pudo más la sensatez y le desperté. Al oírme también Isabel entreabrió los ojos.
“Lucía, deberías darte crema en al espalda”. “¿Y por qué no me la das tú?. Estoy tan cómoda ahora…”. Me acomodé de rodillas a su lado y le apliqué la crema. Le cubrí bien al espalda y me centré en su trasero, donde la piel estaba más enrojecida. Al llegar aquí, Isabel me hizo un gesto y sin que Lucía se diera cuenta, tomó el relevo. Aplico crema por todo, masajeó, acarició, jugo con el orificio de su culito. Lucía se dejaba hacer. Isabel busco la entrepierna, Lucía las separó un poco, dejándose hacer. Yo no podía más y comencé a besar el cuello de Isabel, le mordisqueaba, busqué sus senos, jugué con sus pezones… Lucía se volvió hacia nosotros. Isabel se tumbó frente a ella y yo a su espalda. Empezaros a besarse, se acariciaron mutuamente los sexos…
Lo que siguió a continuación es fácil de adivinar. Sólo deciros que a la vuelta a casa tuvo su continuación, pero esa es historia para otro día.
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