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Hego haizea

Esperándome. Esperándote.

Descuento días en el calendario. Seis, cinco, cuatro… Pero no siempre fue así de sencillo. Hubo una vez, hace un milenio, quizás hace una semana, que los días tercos se me hacían eternos. Impasibles a mis ruegos completaban el círculo de sus veinticuatro horas. Lento el devenir del tiempo, siempre tan lento.

  

Sin embargo hoy ya casi estás aquí. Y empiezo a desear que le tiempo frene su carrera, esa que se nos pone en contra, esa que hace que nuestro tiempo sea apenas un suspiro, un breve soplo de viento, un instante leve y se nos escape el momento entre los dedos, los labios y el deseo.

  

Recurrentes, vuelven a mi mente imágenes del pasado, las veo en blanco y negro, como si de un recuerdo perdido en la memoria se trataran. Quisiera ponerles color, sentir el calor de esos momentos… Sentirlos, recordarlos de nuevo a tu lado.

  

Ansío el momento de poner rumbo a ti, deshacer los kilómetros que nos separan, sentir el ritmo acelerado del corazón y notar cómo dentro de mí todo se revuelve, se revoluciona.

  

Imagino el momento del reencuentro. Deseo sentir ese abrazo, tu beso, mi cuerpo contra el tuyo. Quiero sentir que me fundo en ti, que mi piel y la tuya se confunden, que me abrasas con tu calor, que nos puede el deseo contenido todo este tiempo.

  

Caminas desnuda delante de mí, guías mis pasos al lecho que aguarda para cobijarnos. Vuelves a descubrir mi verdad, como aquel primer día.

  

Acabas de desnudarme, urgida por la prisa que mueve el deseo. Nos besamos, juegan nuestros labios y nuestras lenguas. Nos falta el tiempo, no hay un segundo que perder. Se enredan tus dedos, se escapan los botones… Busco el tacto de tu piel, ese tacto tan añorado, que me llena, tan delicioso, tan delicado.

  Ya es el día, el minuto, el segundo, el instante… Y el mundo no nos importa.

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