Blogia
Hego haizea

Él, tú y yo

Alguna vez lo habíamos comentado. En nuestras conversaciones había surgido el tema, primero entre bromas, comentarios casi de pasada, y otras más en profundidad, llegando siempre a la misma conclusión. 

Por eso, cuando aquella mañana me llamaste para vernos y me dijiste que me ibas a presentar a alguien me quedé un poco sorprendido. Si habías cambiado de opinión y querías que alguien más participara en nuestros encuentros no tenía problema ninguno, al menos a priori. 

Conforme se acercaba el momento de la cita me surgían más preguntas, más dudas. ¿Quién sería?. ¿Una amiga, un amigo?. ¿Cómo me encontraría yo si fuera un hombre?. Esperaba poder relajarme y disfrutar de la situación, nueva absolutamente para mí, y eso me provocaba excitación y nerviosismo a partes iguales. Podría haberte preguntado antes todas esas cuestiones, pero me quedé como paralizado, creo que la emoción y la imaginación me jugaron una mala pasada; tal vez tú no me hubieras contestado, sabiendo que así estimularías mi imaginación… 

Cuando llegué a tu casa nada me hizo pensar que aquel encuentro fuera a ser diferente a los anteriores. La puerta de casa abierta, entornada. El silencio, el calor y la tenue luz encendida en tu habitación. La atmósfera creada no difería en nada a la de cualquier otro día. Me desnudé con la prisa de quien no quiere hacerse esperar, de quien ansía el encuentro. En tu cama, desnuda, me esperabas sonriente… 

Como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez nuestros labios se sellaron, jugaron nuestras lenguas y nuestros brazos tejieron la red que nos envolvió. Calor, sudor, humedad… 

Ya casi me había olvidado de tu sorpresa cuando al hacer una tregua en nuestros escarceos me miraste, me sonreíste y con un gesto de complicidad me anunciaste que me ibas a presentar a “ese alguien”. 

Te volviste hacia la mesilla de noche, abriste el cajón. Pensé que ibas a coger el móvil y a hacer una llamada… pero no, otro objeto sobresalía entre tus manos… Un objeto cilíndrico, de brillo metálico, en acero inoxidable, duro, erecto. El tercero en discordia era tu precioso vibrador… 

No tardaste en aplicarlo a tu sexo, humedecerlo, recorrer tu vulva con él, llevártelo a la boca y saborearlo. Mientras yo observaba complacido cómo disfrutabas, sonriendo, acariciándote, pellizcando tus pezones, deslizando mis dedos por tu vientre… Y en ese instante cogiste mi mano, la acercaste al tremendo falo que se hincaba en tus entrañas. Y tomé el mando, lo moví con cuidado, atento a tu reacción, observando como se movía tu pelvis al compás, como mordías tu labio, presa de placer, entregada a tus amantes. 

Tu agitación creció por momentos, tu respiración se entrecortaba. Y en ese instante, cuando tu orgasmo se acercaba me ordenaste: “Y ahora fóllame ya!

0 comentarios