Blogia
Hego haizea

Anoche tuve un sueño…

Habían sido dos semanas de mucho trabajo, mucho estrés y, por lo tanto, mucho cansancio tanto físico como psíquico.

A esto había que sumar que hacía ya unas semanas que no nos habíamos visto, precisamente por eso, por lo complicado de coordinar horarios por nuestras respectivas exigencias laborables.

Por eso, cuando se abrió un pequeño rayo de luz en el cielo y se planteó la posibilidad de siquiera vernos un día, compartir una velada juntos, estar a solas, disfrutar de un desayuno para dos, todo aquello quedó atrás y una nueva sensación de vértigo, de nervios, de impaciencia vino a instalarse en mí.

Quedamos en que pasaría a recogerte al aeropuerto. Tu vuelo sería el último en llegar aquella noche. Decidí reservar una mesa para los dos cerca de casa, en un coqueto y nada agobiante restaurante.

Conforme se acercaba la hora de ir a buscarte mi tensión aumentaba. Hacía tiempo que no me sentía así, como un adolescente ante su primera cita. Legué al aeropuerto con media hora de adelanto. No podía parar en casa por os nervios. Los minutos se me hacían eternos, cada poco miraba el reloj y aquello no avanzaba.

Casi como una fiera encerrada, caminaba de los sillones a los amplios ventanales abierto sobre la pista de aterrizaje, tenso, nervioso. Leí todos los avisos. Escruté la pantalla en la que se anunciaban las salidas y llegadas de los pocos vuelos que por ser una pequeña ciudad, tenían escala, origen o destino en aquel aeropuerto.

Por fin los altavoces anunciaron la llegada de tu vuelo. Lejos de tranquilizarme, la inmediatez de nuestro encuentro me aceleró el corazón, mezclando este sentimiento con un punto de desazón, casi de angustia. Afortunadamente no tenías que esperar el equipaje, y al tratarse de un vuelo doméstico no tendrías que realizar ningún trámite más.

Por fin te vi a parecer tras la puerta, miraste en todas las direcciones buscándome con la mirada. Por fin me localizaste y esbozaste una amplia sonrisa. Me acerqué. Desde fuera parecíamos una pareja que se reencuentra, nada demostraba el tiempo que hacía que no nos veíamos ni las ganas de abrazarnos. Aún éramos cautos en las muestras de afectividad en público.

Te conduje al coche, allí nos besamos con pasión por primera vez. Mis miedos, mis nervios se esfumaron por completo, se evaporaron al calor de tus caricias y tus besos. Noté tu rostro cansado, así que te propuse ir a cenar. Te comenté el plan, estuviste de acuerdo.

A esas horas ya quedaban pocos clientes en el restaurante, así que el servicio fue diligente, exquisito. Una cena ligera y como estábamos muertos de cansancio fuimos a casa.

Te propuse tomarnos un licorcito, pero un bostezo y el débil hilo de voz con que me respondiste me indicaron que era hora de ir a dormir

0 comentarios