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Hego haizea

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No hay tiempo, me dijiste, cuando deslizaba mi mano por encima de tu falda buscando tu sexo. Sabía que tenías razón. Era un encuentro furtivo, a la carrera, sin un atisbo de cordura, como todos nuestros encuentros, pero lleno de deseo, de pasión contenida esta vez. 

Las cortinas nos daban un cierto grado de intimidad, la amplitud del espacio una mínima comodidad. Fuera se oían los sonidos de una ciudad en plena actividad. 

Besé tus mejillas, busqué tus labios que encontraron los míos. Dulce, con suavidad, sintiendo cada beso en lo más profundo, dejándonos invadir por el calor y el sabor; degustando cada caricia, recuperando nuestros aromas, deleitándonos con el tacto de la piel del otro. 

Me conoces y te conozco. Sabemos cómo pulsar nuestros cuerpos e impulsar los resortes que nos hacen perder la razón cuando estamos juntos. Conocemos la caricia exacta, el beso preciso, el punto que nos pierde y nos nubla… 

Hemos aprendido a tentarnos, a provocarnos, a pedir sin hablar y a dar sin medida. 

No hay tiempo, me repites, cuando beso tu cuello, cuando mi lengua te recorre juguetona, cuando sé que sabes lo que quiero, cuando sé que estamos a punto de iniciar un camino del que no hay vuelta atrás, cuando los dos deseamos que nada nos detenga y superemos la débil frontera que nos frena. 

No hay tiempo, te digo, no hay tiempo que perder, mientras acaricio tus senos por encima de la ropa. 

…. 

Recomponemos la ropa y con ella la cordura. Peinamos los cabellos alborotados como dando tiempo para que se sofoque el fuego que nos nace por dentro y nos quema las entrañas y la piel. 

No hubo tiempo…

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